Hay veranos que no huelen a hierba recién cortada ni a libertad. Hay veranos que conservan el olor de la madera vieja, de las habitaciones cerradas y del miedo. Para muchos, Quintana Redonda era el lugar donde la familia se reunía cada verano. El pueblo donde los primos jugaban por las calles y los adultos compartían sobremesas interminables bajo el sol de Soria. Para mí, siendo apenas una niña, fue el lugar donde perdí algo que ni siquiera sabía nombrar. El abuso tiene un sonido muy concreto. El del silencio. Mi abuelo paterno, ese hombre al que todos respetaban, decidió que mi cuerpo de niña le pertenecía. Mientras los adultos seguían con su vida convencidos de que yo estaba a salvo, dentro de aquella casa se gestaba una de las heridas que más tiempo tardaría en comprender. Durante muchos años cargué con una culpa que nunca fue mía. Me sentía sucia. Rota. Como si hubiera hecho algo para provocar aquello que estaba viviendo. Hoy sé que ninguna niña puede entender que un adulto sea cap...
"Escribir para sanar, sentir para vivir. Un trocito de mi alma."