Hay veranos que no huelen a hierba cortada ni a libertad, sino a miedo y a madera vieja. Para muchos, Quintana Redonda era el escenario de la reunión familiar, el lugar donde los tíos y primos se abrazaban bajo el sol de Soria. Para mí, siendo solo una niña, aquel pueblo fue el laberinto donde me robaron la dignidad mucho antes de saber qué significaba esa palabra. El abuso tiene un sonido muy específico: el del silencio impuesto . Mi abuelo paterno, ese hombre que ante el mundo era un pilar, decidió que mi cuerpo de niña era su territorio. En aquella casa donde mi padre me dejaba pensando que estaba a salvo, se gestó la mayor de las traiciones. Durante décadas, cargué con una losa que no me pertenecía. En mi inocencia rota, el mundo se dio la vuelta: me sentía sucia, culpable y merecedora de aquel horror. ¿Cómo va a entender una niña que ella no es la culpable de lo que un adulto decide hacerle? Yo no provocaba nada, yo solo era una víctima que no entend...
"Escribir para sanar, sentir para vivir. Un trocito de mi alma."