Ir al contenido principal

CAMINO - 8 DE MARZO 💜

               


Hoy es el día de la MUJER...


Y mientras el mundo se llena de palabras bonitas, yo pienso en todas las voces que aún no se atreven a hablar.

Me llamo Camino.
No soy solo un nombre en una historia.
Soy la voz de muchas mujeres que han tenido que aprender a caminar incluso cuando el suelo temblaba bajo sus pies.

Hoy se habla mucho de violencia.
Se habla en los medios, en las escuelas, en las redes.
Parece que todos lo entendemos.
Parece que todos estamos de acuerdo en que no debería existir.

Pero la verdad es que aún queda mucho por hacer.

Porque todavía hay miradas que dudan.
Todavía hay silencios incómodos cuando una mujer se atreve a contar lo que ha vivido.
Todavía hay quien escucha una historia de dolor y responde con frases que pesan más que la propia herida.

“Quizá exageras.”
“Seguro que no fue para tanto.”
“Algo habrás hecho.”
“O tal vez lo entendiste mal.”                                                                                                                    "Son por tus malas decisiones".

Y así, poco a poco, la voz vuelve a esconderse.

No porque no haya pasado.
No porque no duela.
Sino porque el mundo sigue siendo un lugar donde muchas veces es más fácil cuestionar a quien habla que enfrentarse a la verdad.

Hoy existen leyes.
Existen recursos.
Existen herramientas que intentan protegernos.
Y eso es importante.
Muy importante.

Pero también existe la soledad.

La soledad de sentir que quienes deberían abrazarte dudan de ti.
La soledad de notar cómo el entorno baja la voz cuando se habla de lo que ocurrió.
La soledad de sentir que el problema no es lo que te hicieron, sino el hecho de que te atrevas a decirlo.

A veces, los primeros que nos fallan no son desconocidos.
Son los nuestros.

Las personas que deberían protegernos.
Las que deberían escuchar antes de juzgar.
Las que deberían sostener cuando el mundo se rompe.

Pero en lugar de eso, llegan las miradas que incomodan.
Las preguntas que hieren.
Las dudas que pesan.

Y entonces aparece el miedo.

El miedo a volver a hablar.
El miedo a volver a confiar.
El miedo a sentirse sola incluso estando rodeada.

Por eso este día no debería ser solo un día de flores, de frases bonitas o de mensajes compartidos.

Debería ser un día de conciencia.

De entender que la violencia no siempre deja marcas visibles.
Que muchas veces empieza con silencios, con control, con palabras que poco a poco van apagando la luz de alguien.

De entender que creer a una mujer puede salvarla.
Que escuchar sin juzgar puede sostenerla.
Que acompañar sin exigir explicaciones puede darle el aire que necesita para seguir respirando.

Aún existe mucho tabú.
Aún falta mucha empatía.
Aún falta aprender a escuchar de verdad.

Porque escuchar no es esperar tu turno para opinar.
Escuchar es abrir espacio para que el otro exista sin miedo.

Ojalá cada amanecer recordara a las mujeres que siguen levantándose cuando la vida les ha puesto de rodillas.
A las que han tenido que reconstruirse en silencio.
A las que han llorado a puerta cerrada y aun así han seguido cuidando, trabajando, sosteniendo, amando.

Hoy no quiero hablar de mujeres perfectas.

Quiero hablar de las mujeres que han sobrevivido.

De las que han atravesado pérdidas que partieron su mundo en dos.
De las que han conocido el miedo, el abuso, la enfermedad o el abandono.
De las que han tenido que aprender a respirar otra vez cuando pensaban que ya no podían más.

Porque hay un tipo de mujer del que se habla poco.

La mujer que resurge.

La que cae y se levanta con cicatrices.
La que aprende a quererse cuando nadie le enseñó cómo hacerlo.
La que sigue adelante incluso cuando su propio corazón está cansado.

Esa mujer no sale en titulares.
No siempre recibe aplausos.
Pero sostiene el mundo cada día.

Hoy pienso en todas las mujeres que siguen caminando con heridas invisibles.
En las que callan porque temen no ser creídas.
En las que sienten que su historia pesa demasiado para compartirla.

Y también pienso en las que ya no están.

Las que se quedaron sin fuerzas.
Las que la violencia les robó la vida.
Las que se marcharon porque la soledad fue más fuerte que la esperanza.

No deberíamos acostumbrarnos nunca a eso.

Hoy, como Camino, quiero recordar algo sencillo pero profundo:

No estás loca.
No exageras.
No te lo inventas.

Tu dolor merece ser escuchado.
Tu historia merece respeto.
Y tu vida merece paz.

Aún queda mucho camino por recorrer.
Pero cada vez que una mujer encuentra su voz, el mundo cambia un poco.

Y cada vez que alguien escucha con el corazón abierto,
ese camino se vuelve un poco menos oscuro.

Hoy no celebremos solo ser mujeres.

Celebremos que seguimos caminando.
Incluso cuando el mundo todavía está aprendiendo a escucharnos.

Porque cada día, en silencio, millones de mujeres ya están haciendo algo extraordinario:

seguir viviendo…
seguir levantándose…
seguir siendo fuerza incluso después de la tormenta.

                                                        

                                                                                Camino




Comentarios

Entradas populares de este blog

26 DE ABRIL: El Día Que El Destino Me Obligó A Nacer De Nuevo

  Hay fechas que no vuelven a ser un número en el calendario. Se quedan grabadas como una cicatriz que, aunque deje de doler, nunca desaparece del todo. Para mí, el 26 de abril de 2023 fue una de ellas. Ese día volví a nacer. No fue un nacimiento bonito. No hubo abrazos, ni alegría, ni fotografías para recordar el momento. Hubo dos entradas a quirófano el mismo día, una histerectomía total, varias transfusiones y un minuto y medio en el que mi corazón dejó de latir. Durante ese tiempo, alguien luchó para traerme de vuelta. Y lo consiguió. Desperté dos veces en la Unidad de Cuidados Críticos, rodeada de cables, monitores y el sonido constante de las máquinas. Mi cuerpo intentaba recuperarse, pero la herida más profunda no estaba en la operación. Estaba en la soledad. Me encontraba a más de mil kilómetros de mi casa, lejos de mi familia, consecuencia de una decisión que había tomado intentando escapar de una realidad que ya me estaba destruyendo por dentro. A veces el miedo nos llev...

EL ABUELO EN SILENCIO: CUANDO EL REFUGIO ERA LA EMBOSCADA

Hay veranos que no huelen a hierba recién cortada ni a libertad. Hay veranos que conservan el olor de la madera vieja, de las habitaciones cerradas y del miedo. Para muchos, Quintana Redonda era el lugar donde la familia se reunía cada verano. El pueblo donde los primos jugaban por las calles y los adultos compartían sobremesas interminables bajo el sol de Soria. Para mí, siendo apenas una niña, fue el lugar donde perdí algo que ni siquiera sabía nombrar. El abuso tiene un sonido muy concreto. El del silencio. Mi abuelo paterno, ese hombre al que todos respetaban, decidió que mi cuerpo de niña le pertenecía. Mientras los adultos seguían con su vida convencidos de que yo estaba a salvo, dentro de aquella casa se gestaba una de las heridas que más tiempo tardaría en comprender. Durante muchos años cargué con una culpa que nunca fue mía. Me sentía sucia. Rota. Como si hubiera hecho algo para provocar aquello que estaba viviendo. Hoy sé que ninguna niña puede entender que un adulto sea cap...

LA MALETA QUE NO ME PERTENECÍA

El día que decidí dejar de cargar el mundo... Durante años, caminé por la vida con una maleta que no me pertenecía. No era un equipaje elegido para un viaje de placer; era una carga pesada, de cuero viejo y costuras a punto de reventar, que fui llenando con los restos de naufragios ajenos. En ella guardaba, con un celo doloroso, los gritos que no me atreví a soltar en su momento, las culpas que otros me regalaron para aliviar sus propias conciencias y ese miedo constante, punzante, a no ser nunca suficiente para nadie. Me acostumbré al peso. Es asombroso cómo el ser humano tiene esa capacidad de normalizar el dolor. Nos acostumbramos todos —hombres y mujeres, sin distinción— a caminar encorvados, con la mirada clavada en el suelo, para que nadie note que por dentro estamos hechos pedazos. Desarrollamos una maestría en el arte del disimulo, fingiendo que la espalda no nos duele y que el alma no nos pesa. En ese trayecto, el mundo me puso etiquetas. Me llamaron "lista", me llam...