Hay veranos que no huelen a hierba cortada ni a libertad, sino a miedo y a madera vieja. Para muchos, Quintana Redonda era el escenario de la reunión familiar, el lugar donde los tíos y primos se abrazaban bajo el sol de Soria. Para mí, siendo solo una niña, aquel pueblo fue el laberinto donde me robaron la dignidad mucho antes de saber qué significaba esa palabra.
El abuso tiene un sonido muy específico: el del silencio impuesto. Mi abuelo paterno, ese hombre que ante el mundo era un pilar, decidió que mi cuerpo de niña era su territorio. En aquella casa donde mi padre me dejaba pensando que estaba a salvo, se gestó la mayor de las traiciones.
Durante décadas, cargué con una losa que no me pertenecía. En mi inocencia rota, el mundo se dio la vuelta: me sentía sucia, culpable y merecedora de aquel horror. ¿Cómo va a entender una niña que ella no es la culpable de lo que un adulto decide hacerle? Yo no provocaba nada, yo solo era una víctima que no entendía por qué me arrancaban la sonrisa del alma con cada caricia robada.
Cuando por fin tuve voz y se lo conté a mi madre, el eco de mi verdad no trajo el refugio que esperaba. Eran otros tiempos, donde el estigma pesaba más que la justicia. Entendí que a veces, quienes deben protegerte, no saben cómo sostener el peso de tu realidad.
Hoy le hablo a mi niña interior.
A esa pequeña que esquivaba sombras en Quintana: Gracias. Gracias por ser tan valiente, por soportar lo insoportable y por no permitirme abandonar. Ya no eres una culpa, pequeña. Eres mi fuerza. Me siento orgullosa de que hayamos crecido juntas, a pesar de que el sufrimiento fuera nuestro compañero de viaje.
A esa pequeña que esquivaba sombras en Quintana: Gracias. Gracias por ser tan valiente, por soportar lo insoportable y por no permitirme abandonar. Ya no eres una culpa, pequeña. Eres mi fuerza. Me siento orgullosa de que hayamos crecido juntas, a pesar de que el sufrimiento fuera nuestro compañero de viaje.
Hoy, por fin, estamos a salvo.
Escribo estas líneas porque hoy entiendo que aquellas heridas de mi infancia en Soria no solo dejaron cicatrices, sino que rompieron mi brújula. Durante años, repetí patrones dañinos y acepté vínculos asfixiantes solo por el miedo a que me dijeran que "exageraba". Si hoy soy capaz de acompañar a otros en su proceso, es porque yo también estuve en ese bucle de aguantar lo inaguantable. Mi pasado fue mi maestro más cruel, pero es el que me permite hoy entender tu dolor sin que tengas que explicarlo.
Camino.
Comentarios
Publicar un comentario