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Mostrando entradas de mayo, 2026

LA NIÑA QUE HABITA Y QUE ME EMPUJA

A mis cincuenta y dos años, en este 2026, comprendo que madurar no consiste en enterrar el pasado, sino en aprender a convivir con todas las versiones que fuimos, especialmente con la más vulnerable. La niña que fui aún me habita; se sienta a mi lado y me mira curiosa cada vez que la vida me pone a prueba, cada vez que no me eligen, cada vez que no me quieren o cada vez que me veo obligada a despedirme de un espacio o de un vínculo asimétrico.  Me visita en las tardes vacías y silenciosas, cuando con mi propia mano rozo mi cuerpo herido por las cirugías, o cuando el dolor antiguo me inunda el pecho de forma súbita y siento una intensa sensación de ahogo que casi no me permite ni respirar. Sin embargo, esa misma pequeña también constituye la chispa sagrada que me enciende el alma cada vez que tengo un nuevo sueño, cada vez que decido levantar un proyecto o cada vez que me enredo en mis propios pensamientos y líos mentales que a veces no dan tregua a mi paz interior.  Esta mañan...

EL DÍA QUE ME VACIARON POR FUERA (Y EL VIAJE PARA VOLVER A LLENARME POR DENTRO)

Hay vacíos que llegan poco a poco. Otros aparecen de golpe, en cuestión de unas horas, y cambian para siempre la forma en la que vuelves a mirarte frente al espejo.   El mío llegó el día que entré en un quirófano.   Quirúrgicamente fue una histerectomía total con doble anexectomía: la extirpación del útero y de los ovarios. Médicamente era una intervención necesaria. Emocionalmente, sentí que me arrancaban una parte de mi identidad.   Aquel día no solo salí de un quirófano.   Salí convencida de que había dejado de ser mujer.   La realidad, sin embargo, era mucho más profunda. Aquella operación no creó el vacío; simplemente despertó uno que llevaba demasiados años viviendo dentro de mí.   El abuso que sufrí durante mi infancia había dejado grabada una idea devastadora: que mi cuerpo no me pertenecía. Aprendí a vivir desconectada de él, como si solo fuera un lugar de paso. Por eso, cuando desperté de aquella intervención, el trauma antiguo y el nuevo se enco...

LA CONVERSACIÓN QUE NUNCA TUVE CONTIGO, PAPÁ

Tu nombre era Antonio.   Y aunque decirlo me sigue removiendo por dentro, ya no lo evito.   Durante mucho tiempo guardé silencio sobre ti. Un silencio espeso, incómodo, de esos que no solo callan palabras, sino también emociones que no sabes cómo colocar. No porque no hubiera nada que decir, sino porque había demasiado.   Hoy ya no escribo desde la rabia. Escribo desde un lugar más honesto, aunque duela igual.   Fuiste mi padre. O, al menos, lo intentaste. Pero nunca llegaste a serlo del todo.   Y decir esto no es juzgarte. Es ponerle nombre a una realidad que me ha acompañado toda la vida.   Crecí sintiendo tu ausencia incluso cuando estabas. Eras ese padre que aparecía a ratos, que iba y venía, que me llevaba de la mano… pero no sostenía mi vida. Me presentabas a tus parejas, a tus "nuevas vidas", como si yo fuera una espectadora más, sin darte cuenta de que yo necesitaba ser tu hija, no alguien que se adaptara a tus circunstancias.   Vivías como un ...