A mis cincuenta y dos años, en este 2026, comprendo que madurar no consiste en enterrar el pasado, sino en aprender a convivir con todas las versiones que fuimos, especialmente con la más vulnerable. La niña que fui aún me habita; se sienta a mi lado y me mira curiosa cada vez que la vida me pone a prueba, cada vez que no me eligen, cada vez que no me quieren o cada vez que me veo obligada a despedirme de un espacio o de un vínculo asimétrico. Me visita en las tardes vacías y silenciosas, cuando con mi propia mano rozo mi cuerpo herido por las cirugías, o cuando el dolor antiguo me inunda el pecho de forma súbita y siento una intensa sensación de ahogo que casi no me permite ni respirar. Sin embargo, esa misma pequeña también constituye la chispa sagrada que me enciende el alma cada vez que tengo un nuevo sueño, cada vez que decido levantar un proyecto o cada vez que me enredo en mis propios pensamientos y líos mentales que a veces no dan tregua a mi paz interior. Esta mañan...
"Escribir para sanar, sentir para vivir. Un trocito de mi alma."