Hay dolores que la medicina no puede explicar con palabras técnicas. Hay cirugías que no solo cortan la piel, sino que se sienten como si te arrancaran la identidad de golpe.
Para mí, ese momento llegó con una histerectomía total con doble anexectomía. Quirúrgicamente, significa la extirpación del útero y los ovarios. Emocionalmente, la realidad fue mucho más cruda: me vaciaron por completo.
Ese día, en la frialdad de ese quirófano, dejé de sentirme mujer.
El eco de un vacío antiguo
La verdad es que yo no partía de cero. Aquel quirófano solo reactivó un vacío que ya arrastraba desde mi infancia. El abuso por parte de mi abuelo me arrebató muy pronto la inocencia y me grabó a fuego una certeza dolorosa: que mi cuerpo no me pertenecía. Aprendí a vivir desconectada de mi propia piel.
Por eso, cuando me enfrenté a la operación, el trauma antiguo y el nuevo colisionaron con fuerza. Despertar de la cirugía supuso asumir demasiadas cosas a la vez:
- Estaba lejos de mi comunidad autónoma y de mi familia.
- Me encontraba completamente sola.
- Vivía inmersa en una etapa de violencia.
- Tuve que asimilar que mi cuerpo ya no era el mismo de antes.
Incluso tuve que procesar el impacto de haber regresado a la vida, tras quedarme durante unos minutos como un cuerpo sin vida en la camilla. Tuve que morir para renacer. El choque de no sentirme mujer al 100% generó en mí una inestabilidad emocional increíble.
El laberinto de la menopausia provocada
De la noche a la mañana, mi cuerpo fue empujado a una menopausia provocada y adelantada. Sin anestesia emocional, empecé a convivir con síntomas brutales que no lograba comprender:
- Altos y bajos emocionales severos e impredecibles.
- Sofocos extremos seguidos de un frío súbito que me congelaba.
- Insomnio persistente.
Todo esto se complicaba aún más a nivel hormonal debido a mi patología de base: un problema de mala circulación por un déficit de proteína C y S. Vivir con esa condición en la sangre añadía una capa extra de miedo y vulnerabilidad a un cuerpo que ya sentía colapsado. El peso era insoportable.
El síndrome de la "mujer impostora"
Cuando la menopausia llega de forma tan abrupta —e incluso cuando llega de manera natural—, es común caer en la trampa de la "mujer impostora".
Dejas de creer en ti misma. Te miras al espejo y te ves completamente diferente. Dejas de valorarte porque sientes que has perdido aquello que la biología o la sociedad te dijeron que te definía.
En ese proceso de oscuridad, tendemos a compararnos y a dividirnos por etiquetas superficiales: si eres rubia o morena, alta o baja, o si fuiste madre o no, ya sea por elección propia o por circunstancias de la vida. Intentamos sostener con el exterior una identidad que por dentro se está desmoronando.
Cambiar la perspectiva: el positivo dentro del negativo
Hoy comparto esto en mi blog porque necesité vaciarme por completo para entender una gran verdad: tu feminidad no reside en los órganos que te quitan, sino en la fuerza de la mujer que se queda de pie.
La menopausia no es el fin de tu valor; es una etapa natural de la vida que el cuerpo tiene que asimilar. Todas las mujeres, tarde o temprano, pasamos por este proceso de transformación profunda.
Aunque al principio el camino sea difícil y aparezca esa sensación de ser una impostora en tu propia piel, es vital aprender a cambiar la perspectiva. Encontrar el positivo dentro del negativo no significa ignorar el dolor, sino elegir qué vas a hacer con tus cicatrices.
Hoy elijo mirar las mías y recordar que mi cuerpo ya no está habitado por el trauma, sino por mi paz, mi amor propio y mi soberanía. Si hoy te sientes vacía, recuerda que el vacío es también el único espacio donde se puede construir algo completamente nuevo.
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