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EL DÍA QUE ME VACIARON POR FUERA (Y EL VIAJE PARA VOLVER A LLENARME POR DENTRO)


Hay vacíos que llegan poco a poco. Otros aparecen de golpe, en cuestión de unas horas, y cambian para siempre la forma en la que vuelves a mirarte frente al espejo. 

El mío llegó el día que entré en un quirófano. 

Quirúrgicamente fue una histerectomía total con doble anexectomía: la extirpación del útero y de los ovarios. Médicamente era una intervención necesaria. Emocionalmente, sentí que me arrancaban una parte de mi identidad. 

Aquel día no solo salí de un quirófano. 

Salí convencida de que había dejado de ser mujer. 

La realidad, sin embargo, era mucho más profunda. Aquella operación no creó el vacío; simplemente despertó uno que llevaba demasiados años viviendo dentro de mí. 

El abuso que sufrí durante mi infancia había dejado grabada una idea devastadora: que mi cuerpo no me pertenecía. Aprendí a vivir desconectada de él, como si solo fuera un lugar de paso. Por eso, cuando desperté de aquella intervención, el trauma antiguo y el nuevo se encontraron en el mismo instante. 

Tuve que asumir demasiadas pérdidas a la vez. 

Estaba lejos de mi comunidad autónoma, lejos de mi familia y completamente sola. Vivía inmersa en una etapa de violencia mientras intentaba comprender que mi cuerpo ya nunca volvería a ser el mismo. Incluso tuve que procesar algo que jamás imaginé: durante unos minutos fui un cuerpo sin vida sobre una camilla. 

Tuve que morir para renacer. 

Despertar significó enfrentarme a una realidad que nadie me había enseñado a transitar. De la noche a la mañana, mi cuerpo entró en una menopausia provocada. Sin tiempo para prepararme, comenzaron los sofocos, el insomnio, los cambios emocionales y una sensación constante de no reconocerme. 

Todo aquello se agravaba por mi problema de salud, un déficit de proteína C y S que complicaba todavía más cada recuperación y añadía una preocupación permanente a un cuerpo que ya sentía completamente agotado. 

Pero el dolor físico nunca fue lo más difícil. 

Lo más difícil fue mirarme al espejo y no encontrarme. 

Comencé a sentirme una impostora dentro de mi propia piel. Como si me hubieran arrebatado aquello que durante años me habían enseñado que definía a una mujer. Dejé de reconocerme y, como tantas veces ocurre cuando una identidad se rompe, empecé a buscar respuestas fuera de mí. 

Con el tiempo comprendí que ninguna comparación podía devolverme aquello que creía haber perdido. La feminidad nunca había vivido en mis órganos. Tampoco dependía de una función biológica ni de una parte concreta de mi cuerpo. 

Vivía mucho más adentro. 

Hoy sé que ser mujer no depende de lo que la vida te quite, sino de la fuerza con la que decides seguir habitando tu propia historia. 

La menopausia, ya sea natural o provocada, no pone fin a nuestro valor. Solo abre una etapa distinta que necesita comprensión, paciencia y tiempo. Aprender a vivir ese proceso no significa negar el dolor, sino dejar de permitir que el dolor sea quien escriba el resto de nuestra historia. 

Necesité vaciarme por completo para comprender algo que jamás habría descubierto de otra manera. 

Mi cuerpo dejó de estar habitado por el trauma. 

Hoy está habitado por mi paz. 

Por mi amor propio. 

Por mi soberanía. 

Y si alguna vez tú también sientes que la vida te ha dejado completamente vacía, recuerda esto: 

El vacío no siempre es el final. 

A veces es el único lugar donde puede empezar una vida completamente nueva. 

Hay pérdidas que nunca elegimos. Llegan sin pedir permiso y nos obligan a despedirnos de partes de nosotros mismos que creíamos imprescindibles. Durante un tiempo pensamos que nunca volveremos a sentirnos completos, porque confundimos lo que hemos perdido con lo que realmente somos. 

Pero la vida tiene una manera silenciosa de enseñarnos que la identidad no vive en aquello que desaparece. 

Vive en la mujer que decide quedarse. 

En la que aprende a reconstruirse sin negar sus cicatrices. 

En la que comprende que renacer no consiste en recuperar lo que un día tuvo, sino en descubrir la fuerza que siempre llevó dentro y que todavía no conocía. 

Porque hay una diferencia enorme entre sobrevivir a una herida y convertir esa herida en el lugar desde el que vuelves a abrazar la vida. 

Y cuando ese día llega, descubres que nadie puede vaciar aquello que, por fin, has aprendido a llenar desde dentro. 

 

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