Ir al contenido principal

LA NIÑA QUE HABITA Y QUE ME EMPUJA



A mis cincuenta y dos años, en este 2026, comprendo que madurar no consiste en enterrar el pasado, sino en aprender a convivir con todas las versiones que fuimos, especialmente con la más vulnerable. La niña que fui aún me habita; se sienta a mi lado y me mira curiosa cada vez que la vida me pone a prueba, cada vez que no me eligen, cada vez que no me quieren o cada vez que me veo obligada a despedirme de un espacio o de un vínculo asimétrico. 
Me visita en las tardes vacías y silenciosas, cuando con mi propia mano rozo mi cuerpo herido por las cirugías, o cuando el dolor antiguo me inunda el pecho de forma súbita y siento una intensa sensación de ahogo que casi no me permite ni respirar. Sin embargo, esa misma pequeña también constituye la chispa sagrada que me enciende el alma cada vez que tengo un nuevo sueño, cada vez que decido levantar un proyecto o cada vez que me enredo en mis propios pensamientos y líos mentales que a veces no dan tregua a mi paz interior. 
Esta mañana, la niña que fui y que me habita me ha pedido en el silencio más absoluto fundirnos en un abrazo largo y reparador; solo ella y yo, frente a frente, reconociéndonos en el espejo de la memoria.
Hoy quiero darle las gracias de forma infinita a esa niña pequeña porque jamás se rindió. Quiero honrar su fuerza porque, cuando sufrió ese abuso tan destructivo que de ninguna manera merecía, ella siguió luchando con uñas y dientes para no dejarse arrastrar por la tristeza ni por la oscuridad que intentaba apagarla. Abrazarla es comprender a una niña que sintió demasiado, que amó con una intensidad desmedida, que conoció el terror en la infancia y que aprendió a callar sus necesidades para proteger la frágil armonía de su entorno. 
Durante mucho tiempo, anduvo perdida por el mundo porque no lograba encontrar la pieza exacta del puzle que debía encajar su vida tal y como ella la deseaba desde sus entrañas. Pero hoy, esa pequeña se siente profundamente orgullosa de mí; me visita en mis sueños para susurrarme al oído que siga así, que lo estoy haciendo bien y que no baje la guardia. Siente en el alma que hayamos tenido que sufrir tanto y pagar peajes tan amargos de soledad y maltrato para lograr llegar hasta aquí, pero me recuerda con firmeza que conseguir todo lo que hoy estoy consiguiendo mediante ALMARA Mujer constituye una victoria tan sagrada que jamás debería permitir que el pasado regresara a atormentar nuestro presente.
 Ella vive en mí, latente y pura.
Algunas veces, cuando me detengo a pensar en mitad de la calma de Badalona, desearía con todas mis fuerzas poseer la capacidad de viajar al pasado, plantarme en aquella casa de la infancia y regalarle unas palabras frontales que la defendieran de todo lo que dolió, de lo que la lastimaba y de lo que la dejaba completamente desprotegida ante el agresor.
No fue fácil existir en muchos momentos de nuestra biografía, incluso cuando creía, ciega de dolor, que en este mundo tan cruel nadie la dejaría encajar por culpa de sus cicatrices. Hoy, la niña que me habita sale por fin de su envoltorio de miedo, me mira a los ojos con ternura, me abraza sin condiciones, me dice cosas bonitas al oído y se pega con fuerza a mi corazón para recordarme, con una sonrisa limpia, que juntas, contra todo pronóstico, lo hemos logrado.
Porque sanar no fue dejar de escuchar a la niña que fui. Sanar fue empezar, por fin, a responderle.


Comentarios

Entradas populares de este blog

26 DE ABRIL: El Día Que El Destino Me Obligó A Nacer De Nuevo

  Hay fechas que no vuelven a ser un número en el calendario. Se quedan grabadas como una cicatriz que, aunque deje de doler, nunca desaparece del todo. Para mí, el 26 de abril de 2023 fue una de ellas. Ese día volví a nacer. No fue un nacimiento bonito. No hubo abrazos, ni alegría, ni fotografías para recordar el momento. Hubo dos entradas a quirófano el mismo día, una histerectomía total, varias transfusiones y un minuto y medio en el que mi corazón dejó de latir. Durante ese tiempo, alguien luchó para traerme de vuelta. Y lo consiguió. Desperté dos veces en la Unidad de Cuidados Críticos, rodeada de cables, monitores y el sonido constante de las máquinas. Mi cuerpo intentaba recuperarse, pero la herida más profunda no estaba en la operación. Estaba en la soledad. Me encontraba a más de mil kilómetros de mi casa, lejos de mi familia, consecuencia de una decisión que había tomado intentando escapar de una realidad que ya me estaba destruyendo por dentro. A veces el miedo nos llev...

EL ABUELO EN SILENCIO: CUANDO EL REFUGIO ERA LA EMBOSCADA

Hay veranos que no huelen a hierba recién cortada ni a libertad. Hay veranos que conservan el olor de la madera vieja, de las habitaciones cerradas y del miedo. Para muchos, Quintana Redonda era el lugar donde la familia se reunía cada verano. El pueblo donde los primos jugaban por las calles y los adultos compartían sobremesas interminables bajo el sol de Soria. Para mí, siendo apenas una niña, fue el lugar donde perdí algo que ni siquiera sabía nombrar. El abuso tiene un sonido muy concreto. El del silencio. Mi abuelo paterno, ese hombre al que todos respetaban, decidió que mi cuerpo de niña le pertenecía. Mientras los adultos seguían con su vida convencidos de que yo estaba a salvo, dentro de aquella casa se gestaba una de las heridas que más tiempo tardaría en comprender. Durante muchos años cargué con una culpa que nunca fue mía. Me sentía sucia. Rota. Como si hubiera hecho algo para provocar aquello que estaba viviendo. Hoy sé que ninguna niña puede entender que un adulto sea cap...

LA MALETA QUE NO ME PERTENECÍA

El día que decidí dejar de cargar el mundo... Durante años, caminé por la vida con una maleta que no me pertenecía. No era un equipaje elegido para un viaje de placer; era una carga pesada, de cuero viejo y costuras a punto de reventar, que fui llenando con los restos de naufragios ajenos. En ella guardaba, con un celo doloroso, los gritos que no me atreví a soltar en su momento, las culpas que otros me regalaron para aliviar sus propias conciencias y ese miedo constante, punzante, a no ser nunca suficiente para nadie. Me acostumbré al peso. Es asombroso cómo el ser humano tiene esa capacidad de normalizar el dolor. Nos acostumbramos todos —hombres y mujeres, sin distinción— a caminar encorvados, con la mirada clavada en el suelo, para que nadie note que por dentro estamos hechos pedazos. Desarrollamos una maestría en el arte del disimulo, fingiendo que la espalda no nos duele y que el alma no nos pesa. En ese trayecto, el mundo me puso etiquetas. Me llamaron "lista", me llam...